INTRODUCCIÓN

Al igual que la esclavitud y el apartheid, la pobreza no es natural. Es artificial, puede ser superada y erradicada por las acciones de los seres humanos.
– Nelson Mandela (1918- 2013)


Todo el mundo tiene un lugar en este mundo, y todos merecemos ser capaces de satisfacer nuestras necesidades básicas. Hay suficiente riqueza material en el planeta para permitir que todos los seres humanos vivamos una vida digna, que satisfaga nuestras necesidades y potencialidades individuales y colectivas. Pero cada uno de nosotros necesitamos acceso a los recursos
materiales no sólo para satisfacer nuestras necesidades básicas, sino también para apoyar nuestras necesidades más elevadas de expresión personal y autorrealización. Sin embargo, salvo unos pocos privilegiados, la mayoría de nosotros no tiene suficiente dinero ni recursos para vivir libres de la miseria ni para servir a la más alta causa que pueda llamarnos.


     Echa un vistazo a tu alrededor, en cualquier entorno en el que te encuentres en este momento. A menos que estés en la naturaleza, la mayoría de lo que ves, fue creado por al menos, otro ser humano. De hecho, casi todo en nuestra vida cotidiana nos conecta a las acciones llevadas a cabo por otras
personas, acciones pasadas que dejan huellas anónimas en nuestras vidas de hoy. Verdaderamente vivimos en un mundo de nuestra propia creación; moldeamos nuestro entorno compartido para reflejar nuestro imaginario colectivo. Juntos creamos los contornos y formas que influencian


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nuestras percepciones e informan a nuestro pensamiento diario. Esta realidad es válida tanto para las pequeñas cosas de la vida, como los objetos de decoración, como para las cosas más grandes, como las estructuras sociales, sistemas de comercio e incluso los tipos de gobierno. Nosotros hemos creado todas estas cosas y más. Lo que sea que podamos crear, también podemos modificarlo, desmontarlo, y volver a re-crearlo. Es extremadamente importante que reconozcamos esta verdad cuando consideramos nuestros
actuales sistemas sociales y económicos: No existen por defecto, sino debido a que los hemos creado, y seguirán existiendo mientras que la mayoría de nosotros elijamos, consciente o inconscientemente, sostenerlos en sus formas actuales. Son, en un sentido real y práctico, la consecuencia directa de nuestros pensamientos y acciones colectivas.

     Colectiva es una palabra importante aquí: Los efectos de nuestras elecciones y acciones ondulan en toda vida ajena y dejan huellas sutiles en nuestra conciencia individual también. Todos hemos experimentado esta verdad: Por ejemplo, actos de bondad pueden ofrecernos la experiencia de lo que se siente al ser amable, mientras que los actos de deshonestidad pueden darnos la experiencia de lo que se siente al estar apartado de una conexión auténtica con otras personas. Cada acto viene con consecuencias rápidas para nosotros mismos, así como para los demás.

     Nuestras acciones están muy a menudo guiadas por los sistemas económicos en los que vivimos, porque estos sistemas recompensan o desalientan ciertos tipos de comportamiento con diversos incentivos económicos que se crean constantemente a través de la red de leyes,


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costumbres, hábitos y acuerdos que definen estos sistemas. Estas estructuras
externas de incentivos  pueden o no animarnos a actuar siempre al servicio de un bien mayor, y por tanto, en última instancia, de servirnos a nosotros mismos. Si queremos motivar un comportamiento que nos beneficie a nivel material, así como a nivel psicológico, tenemos que modificar las estructuras de incentivos económicos que hemos creado para que reflejen mejor nuestra realidad interconectada.


La mayoría de nosotros estamos familiarizados con el juego del Monopoly, en el que los jugadores construyen casas y hoteles en las parcelas que poseen y recogen cantidades crecientes de renta cada vez que otros jugadores aterrizan en estas parcelas. Dado que el juego limita el número disponible de parcelas inmobiliarias, el jugador capaz de comprar más parcelas de bienes raíces, ya sea por pura suerte o decisiones
astutas -o por lo general una combinación de ambas cosas- manda sobre las rentas más altas y gana el juego llevando a los otros jugadores a la bancarrota.


Resulta que todos estamos jugando una versión del
Monopoly en la vida real, y este juego moldea profundamente nuestras vidas en cada momento. Sin embargo, en contraste con el juego de mesa, no experimentamos nuestras pérdidas de la vida real a través de acalorados debates entorno a la mesa de la cocina; más bien, los experimentamos como la desesperación de no poder proporcionarnos lo suficiente a nosotros mismos a pesar de nuestra voluntad de hacerlo. Para agravar el asunto, estamos bien avanzados en el juego: Todas las parcelas de bienes raíces disponibles han sido compradas, casas y hoteles han sido construidos, y aquellos de nosotros menos afortunados nos enfrentamos a grandes, a menudo, insalvables obstáculos. En demasiados casos,


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las personas con
ingresos bajos no pueden tan siquiera satisfacer sus necesidades básicas sin ayuda gubernamental, a pesar de su deseo de trabajar y contribuir a la sociedad y, a pesar de la enorme cantidad de riqueza que ya está presente en la economía. Peor aún, en muchos lugares de todo el mundo, los gobiernos no están dispuestos o no son capaces de proporcionar esa asistencia básica. Mientras tanto, ascender se ha vuelto inalcanzable para muchos, especialmente para aquellos que tienen poco con lo que empezar.


La mayoría de nosotros deseamos vivir en una sociedad que aliente la equidad y haga posible que la gente de todos
los niveles socio-económicos puedan llevar a cabo su propio éxito. Uno de nuestros mitos culturales en Occidente nos dice que vivimos en un meritocracia, una sociedad que recompensa a cada persona económicamente en proporción directa por el valor tangible que él o ella ofrece a esa sociedad, es decir, de conformidad directa con el talento y la ética de trabajo de esa persona, sin importar el género, clase, raza, u otros atributos. Pero el hecho es que muchos de nosotros trabajamos duro y somos tremendamente hábiles en lo que hacemos, pero sólo recibimos una insignificante recompensa por nuestro trabajo, mientras que los nacidos en la riqueza, por ejemplo, están a salvo de la necesidad de trabajar o contribuir de manera alguna. Nuestro sistema económico actual no recompensa a los seres humanos por gran parte del valor que crean para la sociedad, mientras que muchas personas reciben cantidades sustanciales de riqueza que no se han ganado y que es fruto de los esfuerzos de otras personas.


La única manera en que podemos garantizar la prosperidad justa y duradera para cada miembro de nuestra sociedad es remodelar nuestra


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economía desde cero, lo que significa que tenemos que abordar y resolver las disparidades subyacentes a nivel de raíz. Ya sea que estemos hablando de la destrucción de la naturaleza, la masificación urbana, el desempleo, la delincuencia, la desigualdad de la riqueza, o incluso la guerra, la causa principal es el simple hecho de que, a pesar de nuestra sofisticación cultural y tecnológica,  aún no hemos aprendido a compartir los unos con los otros el elemento más básico que debe ser compartido entre todos: la tierra sobre la que caminamos. Tierra. Al permitir que algunas personas se beneficien de la tierra, hemos privatizado la riqueza de la comunidad, lo que permite a unos pocos vivir a costa del resto de nosotros.


En la primera parte de Tierra, hablaré de cómo se produce la riqueza y cómo esta producción agrega valor tanto a individuos productores y consumidores, así como a la sociedad. A continuación, revisaré cómo los individuos y las instituciones se benefician de la tierra a expensas de la sociedad y cómo este proceso provoca la desigualdad de la riqueza, el desempleo, las
recesiones económicas  y la destrucción ecológica. A partir de ahí, examinaré lo que significa vivir material y culturalmente, en armonía con la red vital mayor. En todo momento, he hecho lo posible por condensar los conceptos a lo básico; aquellos que estén interesados ​​en los detalles más técnicos pueden consultar las notas y el apéndice.

     En la segunda parte del libro describiré una teoría económica a prueba del paso del tiempo, re-popularizada más recientemente en el siglo XVIII y XIX cuando notables economistas  y pensadores como David Ricardo, John Stuart Mill, Henry George, y muchos otros redescubrieron y con-


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tribuyeron significativamente a esta teoría. Adam Smith, uno de los economistas más conocidos de la Historia, habló de ella en su obra magna de
1776, Investigación sobre la naturaleza y las causas de la Riqueza de las Naciones. Hoy en día, esta teoría se discute con gran sofisticación por medio de una amplia gama de economistas que han dedicado sus vidas a la mejora de la humanidad, con el entendimiento de que los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad  pueden resolverse al nivel más fundamental. En esta parte del libro, vuelvo a condensar estos conceptos a sus fundamentos, con la esperanza de que vayan a ayudar a los lectores, líderes de sus comunidades, a saber los pasos a seguir para crear un nuevo paradigma para un mundo próspero.


Imaginemos un mundo en el que tanto el juego alegre como el trabajo con propósito, no monótono, estén a la orden del día para todos los seres humanos -un mundo donde nuestra
realidad se desborda de abundancia material y donde todo el mundo puede centrarse en maximizar su potencial en lugar de gorronear dinero. Mi mayor esperanza es que un día cada ser humano -cada uno de nosotros- pueda participar en un sociedad que sea intrínsecamente justa y que también tenga en cuenta el bienestar de las generaciones futuras. Para lograr esto, tenemos que trabajar juntos en la apreciación de nuestras diferencias y en nombre de nuestra humanidad común. Cuando un número suficiente de nosotros trabajemos juntos por el bien común, entonces, parafraseando a Buckminster Fuller, crearemos algún día un mundo que funcione para todos.

Martin Adams
Otoño de 2014
Middletown, California

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